El diálogo interno, las palabras que más importan

    Nuestra vocecilla interior dirige nuestros actos y nos ayuda a catalogar el mundo y a establecer nuestras necesidades, aunque a veces no de una manera muy objetiva. Es por tanto, esa voz que juzga nuestro alrededor, pero sobre todo, que nos juzga a nosotros mismos.

    El diálogo interno puede ser definido como aquella charla que mantienes contigo mismo de manera continua a lo largo del día. Es esa voz que evalúa, cuestiona, y da forma a aquellas situaciones que ocurren en tu vida. Esta siempre te acompaña y parece no apagarse nunca, lo que hace que muchas veces pase desapercibida.

    A nuestro diálogo interno le gusta acudir a determinados temas con especial interés y suele tener dificultades para no aferrarse a ellos, como pueden ser la pareja, algún conflicto del pasado, o alguna preocupación del futuro, entrando así en ese bucle de pensamientos tan agotador.

No te creas todo lo que piensas

    Nuestra historia de vida nos ha hecho desarrollar una serie de creencias que dan lugar a nuestra manera de procesar la información y ver la vida. Muchas veces esa interpretación es errónea y malinterpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor. Por ello, se hace necesario parar y analizar la forma en la que nos dirigimos a nosotros mismos. 

    Nuestro diálogo interno suele ser bastante exigente y se convierte en nuestro peor juez. Además, este repercute de manera casi inmediata en nuestro estado emocional. Repetirnos de manera constante frases negativas, nos lleva a un estado de ánimo negativo casi de forma instantánea. Por ello, prestar atención, escuchar y sobre todo, cuestionar nuestro diálogo interno es fundamental para mejorar nuestro bienestar emocional.

    Las verbalizaciones internas del tipo «solo me pasan cosas malas» o «nunca voy a conseguir un trabajo», incrementan nuestra percepción de catastrofismo y nos invalidan de manera casi inmediata. Por otro lado, hay que ser cuidadoso con los «debería» y los «tendría que». Su uso continuado nos hace asumir que tenemos que ser infalibles con nosotros mismos, con los demás, o con el cumplimento de aquellas reglas establecidas.

Cambia la perspectiva

    Si has llegado hasta aquí leyendo te pregunto: ¿Te hablas desde la aceptación y el respeto o desde la culpa y la autoexigencia?

    Aunque seguro que más de una vez has tenido ganas de bajar el volumen a esa voz que te acompaña, esta tiene mucho que decirte. Presta atención a ella y reevalúa qué hay de cierto en esas frases que te repites constantemente, no des por hecho esas frases que vienen a tu mente casi de manera automática.

    Una manera sencilla de comenzar a cuestionarlo es cambiar la perspectiva y dirigirte a ti mismo en segunda persona, de la misma manera que responderías a un amigo, seguro que de esta manera tu autoexigencia bajará casi de inmediato.

    Un ejemplo podría ser:

  • Cambiar «Qué mala suerte tengo, no me sale nada bien mal, así no aprenderé nunca” por:
  • Todos cometemos errores a veces, es normal que necesites práctica y que haya cosas que no salgan como tú quieres”.

    Ya que nuestro diálogo interno nos acompañará el resto de nuestra vida, ¿no sería mejor que este fuera un apoyo que nos aceptara y nos apoyara sin juzgar?

Como decía Epicteto: “No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede

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